La Cumparsita de mi niñez

“Cada persona en esta vida colabora, sin imaginárselo, con la historia. Llega a este mundo, hace su trabajo y permanece en los recuerdos”. Fernando Audino Cárdenas deja plasmados sobre el papel sus más preciados recuerdos y anécdotas del querido vecindario que lo mimó y lo vio crecer: el barrio General Mosconi, más conocido como Km3.

Mientras escribe, percibe cómo corre con fluidez el trazo de la tinta sobre la hoja de papel. Gracias a su prodigiosa memoria puede recrear innumerables vivencias como si las hubiera experimentado ayer. Se remonta en el tiempo y puede verse en su barrio rodeado de los cerros comodorenses, con sus árboles y calles, con los vecinos y transeúntes con los que se saludaba todos los días.

Fernando Audino Cárdenas

Ve pasar al cartero, ese personaje que sabía vida y obra de todos los vecinos. La oficina de correos estaba ubicada al lado del edificio de la Administración de YPF. Desde allí salía este inolvidable personaje. Luego de ordenar y clasificar la correspondencia del día, cargaba su gran bolso de cuero y recorría todas las calles del barrio General Mosconi. Iba casa por casa, encargándose de que las cartas llegaran a sus destinatarios, De paso, se tomaba unos minutos para charlar con los vecinos.

Fernando levanta la mirada y reflexiona que tanto el cartero como el mensajero –que repartía los telegramas– eran personas de gran importancia entre los habitantes de Km3. Hacían su trabajo con total responsabilidad, conscientes de la importancia de su misión de mantener conectada a la gente.

Fotografía publicada por Telúrico Benitez‎ en el grupo “Comodoro Rivadavia – Fotografías antiguas” de facebook

Y mientras reflexiona sobre medios de comunicación, le viene a la mente un espacio muy especial, llamado Publicidad Talleres Junior. Un pequeño y pintoresco galpón, pintado por fuera de amarillo. Se ubicaba detrás de la peluquería Segura, en proximidades del predio que hoy ocupa Gendarmería. Fernando recuerda perfectamente que en el estrecho lugar había mesas y sillas, un pequeño equipo amplificador, una bandeja pasadiscos y hasta un micrófono. El resto del equipamiento estaba compuesto por parlantes ubicados en diferentes puntos del barrio. Todos los días a las 18 horas sonaban puntualmente los acordes del tango La Cumparsita en la versión de la orquesta de Juan D’Arienzo. A continuación, entre comentarios, publicidades y música transcurrían las horas. Era ése el horario en que le permitían ir a jugar a la casa de un amigo o pasear en bicicleta. Esa infancia se encuentra tan vívida en su memoria que hasta puede escuchar la voz de su madre diciéndole: “¡Cuando termine el parlante te venís! (…)… ¡Y más vale hacerle caso!”, piensa Fernando en voz alta. Cuando a las 20 horas volvía a escucharse aquella mítica melodía, cerrando la programación, emprendía el regreso a casa. “¡Qué lindos días y cómo me gusta ese tango!”, escribe con sentimiento nuestro escritor

Fotografía compartida por Francisco Van Heerden Behr‎ en el grupo “Comodoro Rivadavia – Fotografias antiguas” de facebook

Al trazar tantos recuerdos, Fernando no puede dejar de evocar aquellas tiendas del Km3, como el kiosco Wolf, de donde emanaba un aroma muy especial, o casa Carrusca: allí, los juguetes de la vidriera parecían encantados y hasta simulaban sonreír a los niños para que se enamoraran de ellos. ¿Y cómo olvidar a casa Da Silva, donde la señora Alicia atendía a los clientes con su amable sonrisa, o a tienda La Campana, cuyo encerado piso de madera relucía emitiendo destellos de luz? Sería imposible no mencionar la proveeduría de YPF, un gran “shopping” de entonces, donde los ojos no daban abasto para registrar tantos artículos. Además, sus galerías eran lugar de citas y paseos.

En un momento, nuestro autor cierra los ojos y puede percibir esos aromas, paisajes, murmullos y sensaciones que atraviesan su cuerpo. Transmite la sensación de que nunca dejó realmente atrás su infancia y juventud.

“Todos esos eventos y personajes se fueron desvaneciendo con el tiempo, sin darnos cuenta de que quedaron fuera de nuestras vidas. Y no alcanzamos a decirles ‘gracias’… La vida fue un suspiro: crecer, trabajar, formar una familia, educar hijos y ver llegar a los nietos. Fue todo vertiginoso. Hoy puedo recordar y escribir mis recuerdos sabiendo que llegarán a las manos de aquellos que compartieron esos días”.

Fuente: Escrito de Fernando Audino Cárdenas / Adaptado por Marina Águila